Pazeño

El camionero endiablado

En nuestro Estado, hasta hace pocos años, todo era muy tranquilo, podíamos andar por casi toda la ciudad a cualquier hora, salvo entrar a algunas colonias que las teníamos plenamente identificadas por ser conflictivas al caer la noche y a las cuales solo podías entrar bajo tu propio riesgo, aun en la actualidad.

En el caso de los viajes por carretera, también eran muy tranquilos; se sabía de algunos asaltos en algún punto de nuestro Estado, sobre todo por las noches, pero muy esporádicos.

Las medidas preventivas eran no dar raites a personas desconocidas, no descansar en lugares despoblados, revisar bien los vehículos antes de viajar para evitar descomposturas con los riesgos inherentes y tratar de no viajar de noche, etc., lo mismo de siempre.

Pero en cualquier momento puede suceder algo imprevisto, algo no calculado que te puede cambiar las cosas y poner tu vida en riesgo. ¿Cuantas cosas habrán pasado de las cuales nunca se supo la realidad y todo quedó en supuestos, sin testigos?

Hace algunos años, cuando todo era aun “muy tranquilo”, me “salió” un viaje a Constitución, el recorrido lo haría en un pickup nuevo con motor de 8 cilindros, cuyo velocímetro marcaba 100 millas.

Salí alrededor de las 10 de la mañana de un dia radiante, con mucho sol, puse en la radio la XENT en FM y emprendí aquel viaje; en aquellos épocas me encantaba la velocidad y en ese tipo de viajes siempre trataba imprudentemente de romper mis propios tiempos, pero ese día, me fui a 60-65 millas.

El viaje lo emprendí solo, el propósito era regresar el mismo dia por la noche, por “si las moscas”, previendo el “quedarme tirado” habia “guardado” en la guantera una pistola colt 22.

Recorrí los primeros 35 kilómetros sin novedad, admirando el monte y disfrutando de la musica de Don Pancho King, cuando de repente, aproximadamente por el km. 40, en la zona de “los columpios” -se llama así por que son varios kilómetros de bajadas y subidas- aparece por detrás y a muy corta distancia de la caja mi carro, un enorme camión, un torton de 10 ruedas, color rojo quemado que velozmente se me acercaba haciendo casi inminente que me chocara por alcance.

Cualquier rozón con esa bestia, me hubiera sacado de la carretera y seguramente me habría volcado, casi instintivamente pise el acelerador hasta el fondo, la aguja del velocímetro de mi carro se fue en un muy corto tiempo hasta las 100 millas, y el pinche camión lo tenía cada vez mas cerca, no pude descontarle un solo centímetro ni en las subidas ni en las bajadas, cada vez estaba más encima de mi vehículo.

En el inter, le puse la direccional para que me rebasara, puse las intermitentes, prendí las luces, soné el claxon, pero a aquella bestia humana en aquella bestia de acero le valía madre.

Mi pie ya no daba más en el acelerador, lo traía hasta el fondo, la aguja ya marcaba mas de 100 millas, no se cuantas, pues era todo lo que marcaba pero si había acelerado mas, yo le calculo que rebasé las 120 millas, y aquel animal ya parecía que me iba empujando, ya estaba a milímetros de mi carro.

El relato de Pepe me hizo recordar la primera película de Steven Spielberg, DUEL, filmada en 1971

Yo llevaba el volante fuertemente agarrado, casi abrazado, en espera del golpe que me aventaría con toda seguridad fuera de la carretera.

Veia pasar autos en sentido contrario pero no sabía como pedirles auxilio y ni un pinche federal de caminos se asomaba por ahí.

De repente me sentí perdido, le pedí ayuda a dios, a todos los santos, inventé dioses como el ‘diosero’ de Francisco Rojas Gonzales, y el pinche camionero seguía terco, no le “bajaba” a su acoso.

Tambien mi vida paso varias veces por mi mente; me sentia como deben sentirse -valga la expresión- las personas cuando les estan apuntando con una arma antes de dispararles.

Sentía inminente el golpe, mi carro ya no daba más, así pasaron varios minutos que me parecieron horas, el rugir de aquel enorme motor diesel de mas de 500 caballos era ensordecedor. Parecia el juego del gato y el ratón, en una versión motorizada.

De repente, dios se apiadó de mi, escuchó mis ruegos, pues la bestia, sin bajarle la velocidad a la otra bestia, de repente se “abrió” y con un gran estruendo me empezó a rebasar ¡y de subida!, sin saber si vendría alguien en sentido contrario; se me hizo el rebase mas lento del mundo, luego se me empezó a “cerrar” hasta casi pegarle un rozón a mi carro.

Me orillé lo más que pude hasta casi salirme del camino, y aquel pinche loco se fue, como si nada, gozando tal vez su “puntada” o su apuesta, o disfrutando de alguna droga diabólica.

En la primera oportunidad me baje rápidamente de la carretera, me acorde que traía una pistola 22 en la guantera, la saqué, según yo, con gran coraje, me bajé del carro, las piernas me temblaban sin cesar y aún sudaba copiosamente, aun así le apunté al torton del diablo, y luego me dije, ¿y si se regresa?.

Bajé la pistola, respiré hondo, así estuve unos instantes, y reflexioné, en el recuento de daños, afortunadamente, no me pasó nada, solo el pinche susto, mejor opté por un “ahi la dejamos”…

José Ramón Bedolla Pérez

José Ramón Bedolla Pérez

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