BabeliaLos jesuitas expulsados de la California

Mucho se ha escrito sobre las intrigas que los altos jerarcas de los Ignacianos tramaban, así que el temor que la Corona tenía no era injusto ni infundado.
Sealtiel Enciso Pérez2 semanas ago20511 min

La expulsión de los sacerdotes de la Orden religiosa de los Jesuitas de todas las posesiones de la Corona Española no fue un hecho irreflexivo e impulsado por una voluntad ignorante. Muchos libros se han escrito sobre las intrigas que los altos jerarcas de los Ignacianos tramaban en los territorios españoles así que el temor y odio que la Corona tenía sobre ellos no era injusto ni infundado. Sin embargo la acción de estos misioneros en la California ancestral fue benéfica en muchos sentidos.

A continuación transcribo la versión de Miguel del barco sobre cómo se llevó a cabo la expulsión de los Jesuitas de las tierras Californianas:

“Tal era el estado de aquel pueblo y de acuella península cuando el rey católico mandó expeler de sus dominios a los religiosos de la Compañía de Jesús. Esta orden fue ejecutada el 25 de junio de 1767 en los lugares de Méjico. En cuanto a la California, encomendó el virrey la ejecución a un capitán catalán llamado don Gaspar Portolá, nombrándole al mismo tiempo gobernador de aquella tan famosa península, y mandando que lo acompañasen cincuenta hombres bien armados para obligar por medio del terror a los jesuitas á abandonar aquellas misiones, que ellos mismos dos años antes habían renunciado espontáneamente y que no retenían entonces sino porque no se les había admitido la renuncia. El comisionado se embarcó en el puerto de Matanchel en tres buques pequeños con los cincuenta soldados y catorce franciscanos observantes, que iban a suceder a los jesuitas en las misiones de la península. Los buques se dispersaron por una borrasca, y el del comisionado, no pudiendo por los vientos contrarios ir en derechura a Loreto, como lo había mandado el virrey, abordó San Bernabé, en donde saltó en tierra a fines de noviembre del mismo año. Aquellos misioneros nada sabían de lo que había acaecido en Méjico a sus hermanos, porque en los meses trascurridos no había llegado a los puertos de la California ninguna embarcación que pudiera haber llevado la noticia.

Del puerto pasó el comisionado a Loreto, con veinticinco de sus soldados y el capitán de la península, que casualmente se hallaba a aquella sazón en la parte austral. En las largas y secretas conferencias que los dos tuvieron, se desengañó aquel de los errores en que le habían imbuido los enemigos de los jesuitas acerca del imaginario poder de los misioneros, y se convenció de que para hacerlos abandonar todas sus misiones, colegios y posesiones, habría bastado un simple oficio del virrey en que intimase a los superiores la real orden.

Habiendo llegado el comisionado a Loreto, mandó llamar al padre Benito Ducrue, misionero de Guadalupe y superior entonces de las misiones, y estando allí en compañía de otros tres jesuitas, se les intimó el decreto del rey, al cual se sometieron respetuosamente. El superior escribió a petición del comisionado a todos los otros misioneros, dándoles aviso y previniéndoles que continuasen en su ministerio hasta la llegada de los ministros enviados por el comisario a inventariar los bienes de cada misión, y que hecho esto se reuniesen en Loreto, no trayendo consigo más de sus vestidos y otras cosas necesarias, y solo tres libros, uno de devoción, un teológico y un histórico. El comisionado les exigió también que predicasen a sus neófitos, exhortándolos a mantenerse tranquilos y fieles tanto en la ausencia de sus antiguos misioneros como bajo el gobierno de los nuevos que debían llegar pronto.

Eusebio Francisco Kino

Los misioneros después de haber ejecutado puntualmente lo que les exigieron el superior y el comisario, se pusieron en camino para Loreto. Los neófitos viendo partir a los que los habían educado en la vida cristiana y tanto se habían afanado por su bien, lloraban sin consuelo, y los misioneros volviendo los ojos a aquellos sus caros hijos en Jesucristo, los que habían parido con tantos dolores y dejaban ya tan afligidos, no podían contener las lágrimas. Al despedirse para embarcarse, enternecidos los soldados, aun los que habían ido con el comisionado, se hincaban a presencia de este, a besarles los pies y bañarlos con sus lágrimas. Los diez y seis jesuitas que había en la península, incluso un hermano que cuidaba del almacén de Loreto, se hicieron a la vela el 3 de febrero del año de 1768 para el puerto de San Blas, poco distante del de Matanchel, y de allí hicieron un viaje de más de doscientas leguas por tierra hasta Veracruz, en donde volvieron á embarcarse para Europa.

Cuando los misioneros se separaron de las misiones, quedaron en ellas los soldados para mantener el orden e impedir la deserción de los neófitos, mientras llegaban los padres franciscanos. Estos después de una penosa navegación de ochenta días, abordaron a San Bernabé pocos días antes que los jesuitas zarpasen de Loreto. No sabemos cuánto tardaron en ir a sus misiones. Lo que únicamente nos dieron a saber las cartas de Méjico escritas en aquel tiempo, es que apenas los nuevos misioneros vieron con sus propios ojos que la California no era como la ponderaban, cuando abandonaron las misiones y la península y se volvieron a sus conventos, publicando por todas partes que aquel país era inhabitable y que los jesuitas debían agradecerle mucho al rey el que les hubiera sacado de aquella grande miseria.

Fueron pues algunos clérigos y frailes; pero no pudiendo subsistir en aquel país, se enviaron dominicos de España. Ignoramos lo que estos religiosos han hecho; pero deseamos que su celo sea eficazmente secundado para conservar la fe de Jesucristo entre los californios y propagarla por los muchísimos pueblos que hay al Norte, á fin de que todos conozcan, adoren y amen a su Criador”.

Bibliografía:

Historia de la Antigua o Baja California – Francisco Javier Clavijero

Sealtiel Enciso Pérez

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