BabeliaOpiniónLos indios californios, los indómitos

En varios de los documentos que circulan en las escuelas primarias y en cuentos elaborados para niños, permea la idea de que los indígenas de la California primitiva era una raza tranquila, hacendosa y que aceptó de buen agrado y sin chistar la imposición de una nueva cultura y religión que les fue impuesta por los jesuitas y demás colonos que empezaron a llegar a nuestras tierras desde el primer tercio del siglo XVI. Nada...
Sealtiel Enciso Péreznoviembre 26, 201816812 min

En varios de los documentos que circulan en las escuelas primarias y en cuentos elaborados para niños, permea la idea de que los indígenas de la California primitiva era una raza tranquila, hacendosa y que aceptó de buen agrado y sin chistar la imposición de una nueva cultura y religión que les fue impuesta por los jesuitas y demás colonos que empezaron a llegar a nuestras tierras desde el primer tercio del siglo XVI. Nada más alejado de la realidad.

Además de los desaguisados que se dieron entre los Guaycuras durante la estancia en estas tierras de los amotinados al mando de Fortún Jiménez así como el agrio encuentro entre las tropas de Isidro de Atondo y Antillón, de las cuales fue mudo testigo el sacerdote Francisco Eusebio Kino; muchos fueron los desencuentros que se dieron entre los grupos indígenas, primeros habitantes de la California, y los colonos que se empezaron a establecer a partir de aquellos años. Sin embargo a pesar de que varios de estos desencuentros quedaron registrados en los informes de los Jesuitas de todas las Misiones de la California, muchos más fueron omitidos debido a que deseaban dar una imagen ante la Corona Española de que los Ignacianos eran capaces de mantener la paz entre las tribus del territorio y de que la evangelización de estos grupos se estaba dando de manera exitosa.

Con el establecimiento del enclave misional de Loreto Conchó en el mes de octubre de 1697, al mando del jesuita Juan María de Salvatierra y un puñado de soldados y marineros, se inició la colonización permanente de estas tierras. Al principio los indígenas de aquellos lugares, llamados cochimíes por los colonos, los toleraban, y a la vista de los recién llegados los conceptualizaron como “dóciles, amables y muy colaborativos”, sin embargo esto pronto dejó de ser la impresión que en un primer momento les causó.

A los pocos días de que el grupo de los recién llegados empezaron a construir rudimentarias cabañas, una iglesia y un pequeño cuartel para guarecer y proteger a los soldados, además de un almacén donde guardaban con mucho cuidado las pocas raciones de maíz y otros alimentos que tenían; fueron atacados por un gran grupo de indígenas cuyo deseo fue el expulsarlos de sus tierras y quedarse con el maíz que traían. A pesar de que este alimento les era desconocido hasta antes de su llegada, rápidamente se hicieron afectos a su gusto y lo procuraban a cada momento.

Afortunadamente para los colonos, lograron hacer huir a los rebeldes aprovechando el temor que les causaba el sonido de las armas al dispararse así como de los cañones. Les causaron varios muertos y en pocos días capitularon y aceptaron una rendición, pero siempre con recelos por ambos bandos.

Poco a poco los ignacianos, como parte de su proceso de aculturación fueron expandiéndose por todo el suelo peninsular y estableciendo una red de Misiones que les permitía mantener un control sobre la población de los diferentes grupos indígenas existentes (rancherías y bandas). Las técnicas utilizadas para promover este cambio cultural, económico, social, político e incluso militar eran: la evangelización y catequización de cuantos indígenas pudieras, y si esto se daba a edades muy tempranas mucho mejor ya que se arraigaba mucho más en la mente de los naturales.

También se les enseñaban artes y oficios como la ganadería, construcción de viviendas, carpintería, herrería, albañilería, trabajo de la roca, cestería, tejedores de cobijas, agricultura, etc. con lo cual se iba modificando su vida nómada a la sedentaria y promoviendo su estancia en estos centros misionales por periodos cada vez más largos.

Aunado a lo anterior se les instruía que los sacerdotes y colonos eran intocables y no se podían rebelar contra ellos, porque hacerlo sería ir contra las enseñanzas de Dios. Sus creencias cosmogónicas fueron alteradas y desaparecidas en la mayoría de los casos ya que al destruir sus ídolos y mermar el respeto hacia los chamanes o guamas, la gente sólo debía creer en los evangelios y la palabra de los sacerdotes.

Los principales dirigentes de los actos de resistencia a la aculturación de los colonos eran por lo general los hechiceros o guamas y los jefecillos de las rancherías, ya que su poder e influencia sobre sus congéneres se veía mermada por las nuevas costumbres impuestas por los sacerdotes.

Para ejemplificar lo anterior les describiré un intento de asesinato que tuvo el ignaciano Francisco Xavier Wagner durante su estancia como padre rector de la Misión de San Miguel de Comondú en el año de 1740: “Sucedía —escribe Miguel del Barco— que el padre misionero disponía a un enfermo para la muerte con los Santos Sacramentos, y demás actos y efectos propios de tan tremenda hora, apenas se apartaba de él un rato, cuando llegaba el hechicero, o llamado de los parientes enfermos, o porque de suyo venía a ofrecer su industria para sanarle, si quisiese dejarse curar y ponerse a sus manos. Una noche que el padre tomaba el fresco, uno de los malcontentos le disparó una flecha, aunque no le acertó a dar.

Las diligencias que siguieron este acto permitieron descubrir a muchos más (culpables) de lo que al principio se imaginaba. Todos ellos recibieron azotes, salvo el flechero, quien fue ejecutado y su cuerpo expuesto en paraje público para que sirviese de escarmiento”.

Con lo anteriormente mencionado, y que de seguro fue algo que se venía repitiendo desde mucho tiempo antes pero que se ocultaba celosamente por los sacerdotes, se pone de manifiesto que nuestros indígenas, o al menos una buena parte nunca aceptaron de buen agrado el dominio que sobre ellos pretendían ejercer los colonos (jesuitas, soldados, marinos, etc.) sino que a través de estos actos de franca subversión nos dejan muestra patente de su deseo por sacudírselos. La gran rebelión de los pericúes que se llevó a cabo de 1734 a 1736 puso de manifiesto y de una forma por demás contundente que la relación “aparentemente pacífica” entre indígenas Californios y los Jesuitas estaba en franca decadencia.

Bibliografía:

Miguel del Barco. “Historia natural y crónica de la Antigua California”.

Sealtiel Enciso Pérez

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