BabeliaViaje a la luna

Si, el del viaje a la luna ¿Cómo estuvo, Tata? Y todo el chamaquero sentado a su alrededor se preparaba para poner atención. Lo que pasó es que unos amigos que conocí en Estados Unidos me invitaron a la luna, eran astronautas y seguido hacían viajes para allá, siempre que los veía me invitaba, esta vez me animé e hicimos los preparativos, yo llevaba una cuilta, una caja carnation con tres mudas, un buen hatillo...
Arturo Mezaoctubre 1, 20183710 min

Si, el del viaje a la luna ¿Cómo estuvo, Tata? Y todo el chamaquero sentado a su alrededor se preparaba para poner atención.

Lo que pasó es que unos amigos que conocí en Estados Unidos me invitaron a la luna, eran astronautas y seguido hacían viajes para allá, siempre que los veía me invitaba, esta vez me animé e hicimos los preparativos, yo llevaba una cuilta, una caja carnation con tres mudas, un buen hatillo de burritos y un termo de café, ellos, sándwiches y cosas que comen los gringos, desayunamos temprano y salimos rumbo a la luna. Hicimos tres días, eso porque nos entretuvimos viendo unos cometas y unos asteroides, durante el viaje jugamos cartas, escuchamos la radio, platicamos, holgazaneamos hasta que al fin llegamos y nos bajamos, bien entumidos, en la luna. No había nada, ni viento ni nada pero al rato empezó a llover -¿llueve en la luna?- interrumpió el más menso- y sin inmutarse respondió –si, bastantito- y siguió como si nada- me metí debajo de un ala de la nave para no mojarme, se me antojaba un caldo de queso, todavía me quedaban cinco burritos y medio termo, me comí tres y el resto del café, me dio sueño y me quedé dormido.

Cuando desperté, ni nave ni nada, estos cabrones me habían dejado solo. Mis amigos eran muy bromistas, nche bromita. Los busqué por todos lados, lo único que encontré fue un mecate que dejaron otros viajeros aunque dudaba si alcanzaría para llegar a Cachanía. Aun así, lo amarré a una piedra grande, me guardé los dos burritos que quedaban en la bolsa y me fui bajando con cuidado hasta que se acabó el mecate, en efecto, no alcanzó para llegar y quedé arribita de la Isla de la Tortuga y como era martes, afortunadamente, el ferry tenía que pasar por ahí. Ya me estaba cansando colgado cuando vi venir el ferry, como siempre, retrasado. Cuando ya estaba cerca le hice señas y maniobró para quedar exactamente debajo, me pusieron unas lonas en la cubierta y me dejé caer.

La gente se amontonó y me preguntaban que andaba haciendo, no pude contestar porque llegó el capitán con muy mala cara, muy mal humor y de sopetón: -¿eres marciano?- me dijo –claro que no, me llamo Miguel Meza, soy de ranchería, una poquito arriba del chorizo, frente a la escuela Manuel F Delgado, ahí tiene su casa- Pero el capitán se me quedaba viendo, daba vueltas a mi alrededor, se quedaba callado, pensando, jugando con un picadientes en la boca –se me hace que tú eres marciano ¿de dónde vienes?- de la luna, fui con unos amigos que luego me abandonaron, pero me la van a pagar los muy cabrones. El capitán seguía sin creerme.

El capitán todo observaba, se me quedaba mirando fijamente y mascullaba –se me hace que eres marciano- así empezó un interrogatorio que ni la judicial. Que si estaba casado, que si tenía hijos, que si a que me dedicaba, quienes eran mis amigos. Todo le contesté, que era panadero, que tenía un changarro en Ranchería, que mi esposa se llamaba Narcisa, que mis amigos son Pablo Mero, El Guayabón, Don Agustín el mentirillas, Amadeo Romero, Pepe El Choro, El Toavía Cota, que soy de Comondú, que fumo cigarros Rialtos sin filtro, que me corto el pelo con El Butaco, que es mi vecino Paniagua

-A ver, mea- dijo, no lo podía creer –como cree que voy a orinar aquí delante de todos- le decía, pues el hombre montado en su macho, que dizque los marcianos mean diferente de los humanos. –pues si no meas, te voy a regresar por el mismo mecate por donde viniste o te voy a echar al agua- me amenazó y yo sin lonche, sin nada, en el viaje de regreso me había comido los burritos, no podía estar días colgado arriba de la Tortuga esperando que pasara otro barco, así que no tuve más remedio que ponerme a orinar, claro, pedí que todas las mujeres se voltearan y oriné sin esfuerzo. Pero no me creía el muy ladino del capitán que no dejaba de darme vueltas sin quitarme la vista, entonces se le ocurrió –a ver, caga-

-¿Cómo cree?- no lo podía creer que me tuviera que bajar los calzones delante de todos solo para satisfacer esa curiosidad que, a esas alturas, ya parecía insana, del capitán cuando ya le había respondido a todas sus preguntas y hasta había orinado. Me negué en un principio pero la gente ya estaba desesperada, querían llegar a Cachanía y empezaron al unísono: ¡que cague! ¡que cague! Porque ya querían que continuara el viaje y el capitán montado en su macho.

A esas alturas, toda la chiquillada estaba atenta, el relato daba para más y Don Miguel era dueño de la situación, nadie se quería perder una sola palabra, como cuando escuchábamos Porfirio Cadena o Chucho el Roto.

Luego hizo una pausa grande, le chupó fuerte al cigarro Rialto, la atención se perdió por un instante porque alguien preguntó -¿y que más?-

Fue cuando sentí un codazo que me despertó ¡Miguel, te estás cagando!- se levantó muy serio y desapareció.

Arturo Meza

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